El amor fraterno consiste en amar

La formación para la vida religiosa no busca la adaptación de los formandos a una estructura. Consiste más bien en la ayuda a convertir el corazón al evangelio. Solamente la conversión de corazón natural a un corazón deseoso de amor de Dios es sensible a los valores evangélicos. Una vez que el corazón ha sido tocado por el amor de Dios, el sujeto procura insertarse en una estructura que le permita vivir plenamente esta nueva realidad.

El religioso crece, se forma y se alimenta espiritualmente dentro de su comunidad. De allí sale al mundo para comunicar su riqueza o bien su miseria. Cada uno sólo puede dar lo que posee; el que no está en comunión con los hermanos de comunidad no puede llevar ningún mensaje de amor y de paz con sus hermanos.

Una vida comunitaria auténtica se caracteriza siempre por los sentimientos de fraternidad y de solidaridad que están en la base del espíritu de familia.

El estilo peculiar de vida en grupo nace del tipo de relaciones interpersonales positivas que cultivan los miembros de la comunidad. Todo se resume en una sola palabra: amor. Amor a Dios y amor a los hermanos.

¿Qué es amar al hermano? Es estar en relación con él de cierta manera que puede describirse de este modo:

Aceptar a la persona del otro tal como se presenta, con su originalidad, con sus comportamientos equivocados y con sus limitaciones, sin tomar en consideración las molestias y sufrimientos que me pueden causar. Aceptarlo a pesar de mis sentimientos personales de antipatía, a pesar de la hostilidad o de la actitud injusta que pueda tener conmigo mi hermano, a pesar de mi repugnancia personal o cualquier otro motivo.

Hacer sentir a mi hermano que lo acepto; hacerlo sentir por medio de palabras y de actitudes: por medio de palabras en un momento difícil para él, saber acercarme y decirle secretamente: estoy contigo, puedes contar conmigo, te comprendo, etc. Por medio de actitudes: las actitudes convencen más que las palabras. Se puede manifestar discretamente nuestra simpatía o bien iniciar una conversación, pedir un favor, acompañarle a pasear, saludarle cordialmente, etc.

Perdonar siempre. En este estricto, perdonar es no vengarse. Nada más. Esto es relativamente fácil; basta con una decisión personal tomada con buena voluntad. Perdonar no requiere decir “olvidar” la ofensa o dejar de sentir dolor sufrido. El sentir y el olvidar no dependen de la voluntad.

Perdonar de corazón significa asumir internamente la ofensa de tal manera que no sea ya un sufrimiento. Esto no es fácil. Por eso, para cumplir con el mandamiento del perdón basta no renunciar a la venganza. A menudo el que ha sufrido la ofensa tiene que seguir sufriendo internamente por la humillación sufrida. Es ésta una cruz que hay que llevar con paciencia, siguiendo el ejemplo del Señor.

Respetar. Respetar al hermano es considerarlo y tratarlo como un valor, como una persona importante de su comunidad, un hijo de Dios como tú, redimido lo mismo que tú por la sangre de Cristo, quizá un pobre hombre limitado y con deficiencias de las que tiene mala voluntad, es hablar de las consecuencias sin tener en cuenta las causas.

Confiar. Confiar es creer que, en el fondo, el otro es bueno a pesar de las apariencias contrarias. Confiar en él es creer en su capacidad de cambiar de actitud y de comportamiento si as condiciones le son favorables. Confiar es también hacer algo para que él descubra y acepte estas nuevas condiciones. Confiar que, aunque el otro se encuentre en la peor de las situaciones, con la gracia de Dios y con la ayuda de sus hermanos puede cambiar de conducta y renovarse personalmente.

Ayudar. Puedes ayudar al hermano que se encuentra en dificultades de tres maneras: poner a su disposición parte de tu tiempo, poner los propios talentos a disposición de los demás. Los talentos son como los carismas: se dan para el servicio a los demás. Ayudar es también la corrección fraterna cuando es necesario. El tradicional “decir la verdad en la cara” no es corrección fraterna, sino más bien agresión. Aunque sea verdad lo que se dice y el interesado reconozca su culpa y la justa reprensión, siempre sentirá su alma una grave dificultad en aceptarla debido al tono agresivo y de condenación con el que se ha hecho. En cambio, la corrección fraterna tiene posibilidades de éxito cuando se hace con delicadeza, con sentimientos de respeto y de amor para con el hermano. La corrección fraterna es valida después de haber purificado todo sentimiento de odio, hostilidad, de venganza o de dominio. Para poder ver con claridad la ayuda correcta que necesita el hermano. Hablar al corazón discretamente y con gran humildad, no reprenderle, sino que, con sencillez preséntale lo que te preocupa.

No exijas de los demás que te acepten, que te perdonen, que te respeten, que confíen en ti y que te ayuden. Si no estas dispuesto a realizar lo mismo.